La imagen del Señor de los Milagros vuelve a encontrarse con sus fieles. Este sábado comienza una de las principales festividades católicas del Perú, una tradición que por generaciones ha reunido a millones de devotos en torno a la fe, la esperanza y la unión.
El origen de esta devoción se remonta a 1650. Ese año, un esclavo de origen angoleño, identificado según los relatos como “Benito” o Pedro Dalcón, pintó una imagen de Cristo crucificado sobre un muro de adobe en el barrio de Pachacamilla, en Lima. La obra quedó en las paredes de la cofradía de angoleños, sin que su autor imaginara la importancia que alcanzaría.
El 13 de noviembre de 1655, por la tarde, un fuerte terremoto, de entre 7,7 y 7,8 grados en la escala de Richter, sacudió la Lima virreinal, donde predominaban las construcciones de adobe, quincha y techos ligeros. El sismo causó miles de muertos, derrumbó casonas y dejó numerosos damnificados.
Pachacamilla fue una de las zonas más golpeadas. Todas las paredes del local de la cofradía se vinieron abajo, salvo una: el muro de adobe donde estaba pintado el Cristo crucificado. La imagen no sufrió daño alguno, y ese hecho llegó a considerarse el primer milagro del Cristo de Pachacamilla.
Desde entonces, la población empezó a reunirse los viernes por la noche para venerar la imagen. El número de devotos creció de forma progresiva y llamó la atención de las autoridades eclesiásticas.
El párroco de San Sebastián expresó su disconformidad con este culto ante el virrey de la época, Pedro Antonio Fernández de Castro, y pidió que se eliminara la imagen. El virrey constató su existencia y ordenó borrarla, pero los intentos fracasaron. Ante ello y el malestar de la población, revocó la medida y dispuso que el vicario autorizara el culto.
Así, el 14 de septiembre de 1671 se celebró la primera misa en honor al Señor de los Milagros.
El 20 de octubre de 1687, otro terremoto golpeó Lima y Callao. La ermita levantada en honor al Cristo de Pachacamilla se derrumbó, pero la imagen volvió a quedar intacta. Por el riesgo al que estaba expuesta, el español Sebastián de Antuñano y Rivas mandó a hacer una copia al óleo idéntica al original y organizó su primera salida por las calles de Pachacamilla.
Ese lienzo es el que sale en procesión hasta hoy. En 1991 fue restaurado por especialistas del Museo Pedro de Osma.
Según la tradición, la imagen ha soportado tres terremotos y un maremoto. Su historia y los numerosos milagros que se le atribuyen siguen inspirando la fe de miles de peruanos, que cada octubre acompañan a la sagrada imagen desde el Santuario de las Nazarenas, su lugar habitual de descanso.


